Ir al contenido principal

Cien veces Gabo

García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza en París en los años sesenta.

Eligio García Márquez, el hermano del premio Nobel de Literatura al que todos llaman Gabo, contó en 1971, en un texto periodístico que luego entró en un libro (Así son, publicado por primera vez por La Oveja Negra, 1982), lo que el más famoso de los escritores de lengua española del siglo XX dijo cuando empezaron a atosigarle con las consecuencias de la gloria. Lo que él quería ser era pianista en Zúrich.

La historia fue como sigue, según Eligio. Ya le buscaban de todas partes, porque su novela Cien años de soledad, publicada cuatro años antes, había tenido un éxito abrumador y le daban premios que para él eran castigos. Así reaccionaba ante la gloria: “Pienso que más valiera estar muerto”, le dijo a Armando Durán. “Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, y en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas”.
Como salchichas en todas partes; ya García Márquez estaba marcado por esa gloria que lo martirizaba. Y decía: “Me he negado a convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos literarios, las conferencias, la vida intelectual, y he tratado de encerrarme dentro de cuatro paredes, a diez kilómetros de mis lectores, y sin embargo ya me queda muy poca vida privada: mi casa, tú lo has visto, parece siempre un mercado público”.

Había renunciado a premios en Italia y en París, “no solo por pudor, sino porque pienso que también esto es mentira”; quería dedicarse tan solo a “las canciones de los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos”.

Fue entonces cuando le preguntaron: “Y si no hubieras sido escritor, ¿qué habrías querido ser?”. Contestó: “El otro día, entre dos trenes, me refugié de una tormenta de nieve en un bar de Zúrich. Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, habría querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, solo para que los enamorados se quisieran más”.

Se tuvo que conformar con ser el escritor más famoso del mundo y con escuchar el piano en las grabaciones de Mozart o Bach. Se defendía del acoso de los admiradores y de los periodistas emitiendo carcajadas grabadas, para romper el hielo, instaladas en el quicio de la puerta de su casa en Barcelona, cuando vivió allí por aquel entonces, deglutiendo la gloria, y se curó poco a poco haciéndose más reservado y más solitario, más alejado de las apariciones públicas, de las entrevistas y de las lecturas multitudinarias.

Esa búsqueda de la soledad no fue en García Márquez una decisión repentina, ni tampoco fue un meditado abandono de la luz pública; él era así antes, lo que pasa es que entonces huía del éxito y antes huía del gentío, de las amistades e incluso del periodismo, el oficio de su pasión, para dedicarse a su vocación más seria: la literatura.

Ahora se publican dos libros en los que aparecen esos dos Gabo, uno haciendo periodismo de día y el otro haciendo literatura de noche, como si fuera destejiendo en un sitio y tejiendo en otro, agarrando por los pelos la realidad (“torciéndole el cuello al cisne”, como le aconsejó un maestro que había que hacer para hacer buen periodismo) y agarrando los sueños por donde más se desvanecen, es decir, contando historias que nunca pasaron o que pasaron porque él las contó.

Un libro es Gabo periodis­­ta, que ha juntado en torno al oficio de García Márquez a algunos de sus colegas (escritores o periodistas), a los cuales la Fundación para el Nuevo Periodismo, que él fundó (y que dirige Jaime Abello), les pidió que buscaran en la ingente producción periodística del autor de Relato de un náufrago lo que más les impresionara. El resultado –un libro que han publicado la fundación de Gabo y el Fondo de Cultura Económica con el apoyo fundamental de la Organización Ardila Lülle– es abrumador, pero no por la cantidad, sino por la evidencia de que este escritor de periódicos que no dormía ni comía cuando aún ni era famoso ni tenía un peso ha escrito el mejor periodismo en español de este siglo.

Mario Vargas Llosa, José Donoso y Gabo en Barcelona con sus respectivas esposas

El otro libro es Gabo. Cartas y recuerdos, que ahora publica en España Ediciones B, de uno de los primeros amigos de García Márquez, el periodista y escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, con quien viajó por América Latina y por Europa cuando ambos eran unos chiquillos, como decía el propio Gabo, “felices e indocumentados”. Este libro ya conoció una versión anterior, en 2000; ahora cuenta Mendoza que, de acuerdo con el hijo de García Márquez, su ahijado Rodrigo, Plinio ha añadido algunas cartas que tienen que ver, sobre todo, con la aventura de escribir Cien años de soledad.

En la carta que aquí se reproduce, Gabo es tan minucioso, por citar un caso, como Malcolm Lowry cuando le comenta a Jonathan Cape sus impresiones de lector de su propia obra, Bajo el volcán. En el caso de García Márquez, recién publicada su obra cumbre (la primera edición salió el 5 de junio de 1967), halla tiempo en medio de la vorágine para decir cómo es “el mamotreto por dentro”. Cien años de soledad había hecho un largo recorrido, “en realidad (…) fue la primera novela que traté de escribir, a los 17 años, y con el título de La casa, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande”. Plinio y Eligio cuentan por separado, uno ahora y el otro en 1971, el trayecto de esa novela en los momentos finales. Dice Eligio en aquel libro, Así son: “Un día de enero de 1965, mientras guiaba su Opel por la carretera de Ciudad de México a Acapulco, surgió íntegra en su mente la novela que venía imaginando pacientemente desde su adolescencia. En una decisión suicida dejó la economía de la casa en manos de Mercedes, su mujer, y se encerró a escribir el libro que le daría prestigio, pero también soledad”. En 1967, después de aquella carta que Plinio recoge, Cien años de soledad apareció en la Editorial Sudamericana de Buenos Aires y ya desde entonces no dejó de ser reimpresa hasta pulverizar récords editoriales.


Pero mientras se hizo, lo revela el propio Gabo, fue un dolor de cabeza, acentuado por el hambre que pasaban él y su familia, como recuerda Mercedes Barcha, su mujer, al frente de una aventura de subsistencia de la que él procuraba no enterarse. Ella se lo cuenta en una entrevista rara –porque ella no suele hablar en público de la obra de su marido– que le hizo Héctor Feliciano en México y en Cartagena de Indias y que aparece como uno de los colofones del libro Gabo periodista. “De Mercedes, en realidad, se sabe poco”, informa Feliciano en el preámbulo de esta conversación. “Hasta ahora ha concedido dos cortas entrevistas que datan de los años ochenta. Conversó solo una vez con el biógrafo inglés de su esposo [Gerald Martin] y luego no quiso verlo”. Aquí, en presencia de Jaime Abello, el director de la fundación, y de otras personas de su círculo más íntimo, Mercedes sí habla, aunque poco, cada vez que lo estima pertinente. Ella asistió a aquel parto literariamente sublime, el de Cien años de soledad, pero no quiso leer ni una línea hasta que el manuscrito, que ella misma envió a la editorial, en dos paquetes, para que el envío saliera más barato, fuera el libro cuya cubierta diseñó Vicente Rojo.

Cuando le mandaron el trabajo ya impreso desde Sudamericana, le cuenta Mercedes Barcha a Héctor Feliciano, “lo leí en la cama y Gabito estaba acostado al lado mío, a ver cómo reaccionaba. Lo leí avorazada”. Esa voracidad (avorazada es un “adjetivo costeño”, del Caribe colombiano, aclara Feliciano) la llevó a leerlo tres veces y a considerar, entonces y ahora, que es el mejor libro de su marido. “Es una maravilla. Ese capítulo de la lluvia y de la peste. ¡Esa Úrsula! La pobre Úrsula es una maravilla”. ¡Y la novela entera! “¡Es que es como un torrente! Uno pasa de capítulo y no se da cuenta. Cuando vas de un capítulo a otro, tú no lo notas”.


Su marido sí lo notaba. Y también que estaba escribiendo el libro que soñó de adolescente, y sabía que podría ser excepcional. Se lo dijeron enseguida. Él le cuenta a Plinio el 17 de marzo de 1967, algo después de que cumpliera 41 años (nació el 6 de marzo de 1926): “El problema de Cien años de soledad no era escribirla, sino que pasara el trago amargo de que la lean los amigos que a uno le interesan. Ya faltan pocos, afortunadamente, y las reacciones han sido mucho más favorables de lo que yo me esperaba. Creo que el concepto más fácil de resumir es el de la editora Sudamericana: contrataron el libro para una primera edición de 10.000 ejemplares, y hace quince días, después de mostrarles a sus expertos las pruebas de imprenta, doblaron el tiro”.

Había como una intuición internacional a favor del libro aun antes de que este se hiciera carne y habitara entre nosotros. La agente del boom, Carmen Balcells, se estaba encargando de lo más delicado, ponerle patas a Cien años de soledad, hacer que caminara por el mundo; Mario Vargas Llosa, que ya era uno de los autores más prominentes de la literatura en español, también toca a rebato. Ahí lo cuenta García Márquez, que informa en una de las cartas a Plinio: “El libro sale en mayo en español. En francés ya lo tomó Les Éditions du Seuil, y en los EE UU está sucediendo algo con lo cual no pude ni siquiera soñar durante mis hambres parisinas: Harper & Row tiene la opción, pero Coward McCann (a quienes Vargas Llosa hizo creer, en una carta, después de leer mi libro, que era el mejor que se ha escrito en muchos años en lengua castellana) está dispuesto a quedarse con él. Mi agente (…) ha citado en Londres a los representantes de las dos editoriales, a ver quién da más”. Gabo salía del frío del hambre, y veía un mundo de cifras que entonces le estremecía: “El precio que les lleva me parece escalofriante: 10.000 dólares, como anticipo de derechos. Yo me amarro los pantalones y trato de poner una cara muy natural”.

Esa carta en la que ya la suerte parece echada acaba muy al estilo Caribe: “Muy bien, compadre, se acabó el carbón”.

Y ya no habría más carbón; ese libro lo cubrió de oro. Algo antes, cuando Gabo y Vargas Llosa fueron juntos a Bogotá, a festejar el premio que este acababa de obtener, el Rómulo Gallegos que le concedieron en Caracas por La casa verde, la fiesta era enorme, pero García Márquez, recuerda Mendoza, estaba a un lado, “en la escalera, con un plato en la mano, hablando de literatura”, él y su amigo Plinio “olvidados de todos”. Pensó Plinio, y lo deja por escrito: “Si supieran la bomba que este ha fabricado…”.


La bomba estalló. La carrera ya fue firme, hasta el Nobel. En aquella conversación de Héctor Feliciano con Mercedes Barcha interviene de vez en cuando el marido de esta. Dice García Márquez: “El Nobel me volvió viejo. Llegó en un momento en el que uno se convierte en viejo. Ya no me dejo tocar”. Mercedes lo vivió. Le dice a Feliciano: “Era antes peor. El Nobel era la culminación del alboroto. Fue entonces cuando se alborotó el paraco”, frase costeña, aclara el entrevistador, que alude al “cabello alborotado y rebelde”.

Al final de la ceremonia del Nobel, a la que acudieron, ruidosos, todos sus amigos, después de las solemnidades en las que él desafió el protocolo yendo de liquilique, Plinio le escuchó decir a su amigo Gabo:

“Mierda, ¡esto es como asistir uno a su propio entierro!”.

Antes y después del Nobel, García Márquez buscó esos refugios a los que aludía su hermano Eligio. ¿Melancólico, quizá, solitario? Lo es en grado sumo, pero él lo gradúa. Durante años, en su juventud y más adelante, compartió viajes y trabajos, en Europa, en Venezuela, en Colombia, con Plinio Apuleyo Mendoza, y este lo refleja en sus recuerdos (Aquellos tiempos con Gabo, que reaparece ahora con las cartas añadidas y algunas impresiones nuevas). ¿Esa melancolía ha existido? Dice Mendoza: “Francamente no. Los nacidos en el altiplano colombiano, mundo de vientos fríos y montañas brumosas, tenemos ese rasgo, pero no los nacidos en la costa Caribe, como Gabo. Más bien son hombres alegres. Si viven algún drama, saben ocultarlo”.



Hubo un drama que hizo saltar por los aires algunas relaciones y puso en peligro otras. El boom de la literatura latinoamericana, explo­­sión que tuvo su epicentro en las obras de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, vivió una tragedia disgregadora, el caso Padilla, por el proceso abierto en la Cuba de Castro contra el poeta Heberto Padilla, encarcelado en marzo de 1971 a raíz de la lectura pública de un libro suyo, Provocaciones, estimado por el régimen como una provocación del escritor. Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza, Juan Goytisolo y muchos otros se manifestaron a favor de Padilla y, por tanto, contra Castro, en una primera carta a la que también se adhirió Julio Cortázar, que luego se desgajó de ese grupo de firmantes. En esa primera carta aparecía la firma de García Márquez, que en realidad no firmó. Plinio añadió su rúbrica, creyendo que su amigo, al que no pudo localizar, no tendría inconveniente. Lo tuvo; se lo explicó por carta, desde América (Plinio estaba en París). Aquel fue un suceso que abrió muchas heridas. Le pregunté ahora a Mendoza qué repercusiones personales tuvo aquel incidente en los componentes del boom y sus aledaños: “Sin duda, esas repercusiones fueron inevitables. La solidaridad y estrecha relación que unía hasta entonces a los escritores del boom quedó rota cuando aparecieron posiciones opuestas a propósito del régimen cubano. No de inmediato, es verdad. Luego de la detención en La Habana de Heberto Padilla, en las oficinas de la revista Libre –que se editaba en París y de la cual yo era jefe de redacción–, Mario Vargas Llosa, Goytisolo, Cortázar, Semprún y otros cuantos escritores redactamos una primera carta dirigida a Fidel Castro expresándole inquietudes en torno a esa detención, sin anticipar juicios condenatorios al régimen. Pensábamos, con evidente ingenuidad, que la detención de Padilla no había sido autorizada por Fidel. Y, claro, nos equivocamos. Al recibir la carta, Fidel nos atacó públicamente con una ferocidad muy suya. Cortázar quedó muy lastimado, pues era un incondicional de la revolución y no esperaba semejante ataque. Por cierto, se negó a firmar una segunda carta de ruptura con el régimen redactada por Vargas Llosa y firmada por varios de nosotros. En cuanto a Gabo, como lo cuento en mi libro, no firmó ni la primera ni la segunda carta. De modo que ahí quedó establecida una clara ruptura entre los escritores del boom, aunque no necesariamente surgieran enemistades personales”.

En el libro no aparece la carta que le envió García Márquez a Plinio Apuleyo Mendoza diciéndole que no firmaba la carta. Le he preguntado cómo afectó a su relación con Gabo el hecho de que incluyera su nombre en la protesta más sonora de aquellos tiempos. “En mi caso”, dice el autor de Gabo. Cartas y recuerdos, “aunque tomamos caminos muy opuestos en relación con Cuba, no hubo ningún distanciamiento personal. Nuestra amistad no se rompió, aunque yo cometí un desliz imperdonable. Cuando redactamos la primera carta, traté infructuosamente de localizarlo en busca de su firma. Se encontraba, fuera de todo alcance, en Aracataca, su Macondo natal. Creyendo en ese momento que él compartía con todos nosotros la misma inquietud sobre la detención de Padilla, hice incluir su firma en el [primer] mensaje dirigido a Castro. Días después de publicado con gran estrépito por la prensa internacional, sin que él hiciera una rectificación pública, recibí una carta personal suya, escrita desde un hotel de Caracas, diciéndome que no estaba de acuerdo con ese mensaje que habíamos suscrito. Creo que seguía considerando la revolución como algo que era necesario defender por encima de cualquier tropiezo”.

De hecho, lo decía. En aquella crónica que Eligio García Márquez incluye en Así somos, el hermano del autor de La mala hora reproduce lo que decía su hermano precisamente en 1971: “Lo único cierto para mí son las canciones de los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos”.

Sobre “el desliz” sigue comentando Mendoza: “Recuerdo que de inmediato me dirigí a las oficinas de la agencia cubana Prensa Latina en París y le dije a su director, Aroldo Wall: “Aroldo, vas a saltar de alegría en una sola pata cuando oigas lo que voy a contarte. Gabo no firmó la carta que acaba de ser publicada incluyendo su nombre. La culpa es mía, solo mía, no vayas a culpar a Vargas Llosa ni a Goytisolo en tus despachos”.


Lo cierto es que ahí el boom se hirió, pero, afirma Plinio, no la amistad entre estos dos colombianos, uno del gélido norte, otro del cálido sur. “Incluso nos hacíamos bromas. ‘¿Todavía andas de amigo del barbuchas? [por Castro]’, le preguntaba a veces. ‘¿Y tú, qué?’, me respondía, ‘¿te estás pasando a la derecha?”.
El escritor, con su mujer Mercedes Barcha en Barcelona en 1969.
Cien años de soledad fue su consagración; su júbilo fue pronto deseo de ocultarse. Años atrás, en La Habana, se había encontrado, en la otra acera, con Ernest Hemingway; consciente desde mucho antes de su propia gloria de que la fama te rodea de una espuma de la que no te puedes salvar, se limitó a gritarle al Nobel de El viejo y el mar:

“¡Maestroooooo!”.

Desde que salió ese libro que tanto sudor le costó y tanto éxito le produjo, se ha sentido acosado y ha querido quedarse “con los cuatro amigos” de los que habla también en el curso de esa conversación que Héctor Feliciano le hizo a Mercedes Barcha. Al final del retrato que compone Eligio de cuando Gabriel estaba en el cénit de su fama, en 1971, escribe el hermano menor del Nobel: “Alguien le propone que lo acompañe al centro de Bogotá. ‘¿Salir a la calle? ¿Estás loco? En Barranquilla lo hice y hasta los bomberos me reconocieron’. Pero inmediatamente cambia de tono, feliz: ‘Lo lindo fue que me saludaron gritando: ¡Gabooooo!”.

Quizá quería que Gabriel García Márquez fuera pianista en Zúrich, para que lo quisieran más, pero a Gabo lo quería inventando en las calles de cualquier parte, donde le querían todos.

Carta de Gabo a Plinio



22 de julio de 1967
Compadre:

Me ha dado una gran alegría lo que me dices del capítulo de Cien años de soledad. Por eso lo publiqué. Cuando regresé de Colombia y leí lo que llevaba escrito, tuve de pronto la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podría ser afortunada que catastrófica. Para saber cómo lo veían otros ojos, le mandé entonces el capítulo a Guillermo Cano, y convoqué aquí a la gente más exigente, experta y franca, y les leí otro. El resultado fue formidable, sobre todo porque el capítulo leído era el más peligroso: la subida al cielo en cuerpo y alma de Remedios Buendía.
Ya con estos indicios de que no andaba descarrilado, seguí adelante. Ya les puse punto final a los originales, pero me queda por delante un mes de trabajo duro con la mecanógrafa, que está perdida en un fárrago de notas marginales, anexos en el revés de la cuartilla, remiendos con cinta pegante, diálogos en esparadrapo, y llamadas de atención en todos los colores para que no se enrede en cuatro abigarradas generaciones de José Arcadios y Aurelianos.

Mi principal problema no era solo mantener el nivel del primer capítulo, sino subirlo todavía más en el final, cosa que creo haber conseguido, pues la propia novela me fue enseñando a escribirla en el camino. Otro problema era el tono: había que contar las barbaridades de las abuelas, con sus arcaísmos, localismos, circunloquios e idiotismos, pero también con su lirismo natural y espontáneo y su patética seriedad de documento histórico. Mi antiguo y frustrado deseo de escribir un larguísimo poema de la vida cotidiana, “la novela donde ocurriera todo”, de que tanto te hablé, está a punto de cumplirse. Ojalá no me haya equivocado.

Estoy tratando de contestar con estos párrafos, y sin ninguna modestia, a tu pregunta de cómo armo mis mamotretos. En realidad, Cien años de soledad fue la primera novela que traté de escribir, a los 17 años, y con el título de La casa, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande. Desde entonces no dejé de pensar en ella, de tratar de verla mentalmente, de buscar la forma más eficaz de contarla, y puedo decirte que el primer párrafo no tiene una coma más ni una coma menos que el primer párrafo escrito hace veinte años. Saco de todo esto la conclusión que cuando uno tiene un asunto que lo persigue, se le va armando solo en la cabeza durante mucho tiempo, y el día que revienta hay que sentarse a la máquina, o se corre el riesgo de ahorcar a la esposa.
Lo más difícil es el primer párrafo. Pero antes de intentarlo, hay que conocer la historia tan bien como si fuera una novela que ya uno hubiera leído, y que es capaz de sintetizar en una cuartilla. No se me haría raro que se durara un año en el primer párrafo, y tres meses en el resto, porque el arranque te da a ti mismo la totalidad del tono, del estilo, y hasta de la posibilidad de calcular la longitud exacta del libro. Para el resto del trabajo no tengo que decirte nada, porque ya Hemingway lo dijo en los consejos más útiles que he recibido en mi vida: corta siempre hoy cuando sepas cómo vas a seguir mañana, no solo porque esto te permite seguir mañana, no solo porque eso te permite seguir pensando toda la noche en el principio del día siguiente, sino porque los atracones matinales son desmoralizadores, tóxicos y exasperantes, y parecen inventados por el diablo para que uno se arrepienta de lo que está haciendo. En cambio, los numerosos atracones que uno se encuentra a lo largo del camino, y que dan deseos de suicidarse, son algo así como ganarse la lotería sin comprar billete, porque obligan a profundizar en lo que se está haciendo, a buscar nuevos caminos, a examinar otra vez todo el conjunto, y casi siempre salen de ellos las mejores cosas del libro.
Lo que me dices de “mi disciplina de hierro” es un cumplido inmerecido. La verdad es que la disciplina te la da el propio tema. Si lo que estás haciendo te importa de veras, si crees en él, si estás convencido de que es una buena historia, no hay nada que te interese más en el mundo y te sientas a escribir porque es lo único que quieres hacer, aunque te esté esperando Sofía Loren. Para mí, esta es la clave definitiva para saber qué es lo que estoy haciendo: si me da flojera sentarme a escribir, es mejor olvidarse de eso y esperar a que aparezca una historia mejor. Así he tirado a la basura muchas cosas empezadas, inclusive casi 300 páginas de la novela del dictador, que ahora voy a empezar a escribir por otro lado, completa, y que estoy seguro de sacarla bien.

Yo creo que tú debes escribir la historia de las tías de Toca y todas las demás verdades que conoces. Por una parte, pensando en política, el deber revolucionario de un escritor es escribir bien. Por otra, la única posibilidad que se tiene de escribir bien es escribir las cosas que se han visto. Tengo muchos años de verte atorado con tus historias ajenas, pero entonces no sabía qué era lo que te pasaba, entre otras cosas porque yo andaba un poco en las mismas. Yo tenía atragantada esta historia donde las esteras vuelan, los muertos resucitan, los curas levitan tomando tazas de chocolate, las bobas suben al cielo en cuerpo y alma, los maricas se bañan en albercas de champaña, las muchachas aseguran a sus novios amarrándolos con un dogal de seda como si fueran perritos, y mil barbaridades más de esas que constituyen el verdadero mundo donde tú y yo nos criamos, y que es el único que conocemos, pero no podía contarlas, simplemente porque la literatura positiva, el arte comprometido, la novela como fusil para tumbar gobiernos, es una especie de aplanadora de tractor que no levanta una pluma a un centímetro del suelo. Y para colmo de vainas, ¡qué vaina!, tampoco tumba ningún gobierno. Lo único que permite subir una señora en cuerpo y alma es la buena poesía, que es precisamente el recurso del que disponían tus tías de Toca para hacerte creer, con una seriedad así de grande, que a tus hermanitas las traían las cigüeñas de París.

Yo creo por todo esto que mi primera tentativa acertada fue La hojarasca, y mi primera novela, Cien años de soledad. Entre las dos, el tiempo se me fue en encontrar un idioma que no era el nuestro, un idioma prestado, para tratar de conmover con la suerte de los desvalidos, o llamar la atención sobre la chambonería de los curas, y otras cosas que son verdaderas, pero que sinceramente no me interesan para mi literatura. No es completamente casual que cinco o seis escritores de distintos países latinoamericanos nos encontremos de pronto, ahora, escribiendo en cierto modo tomos separados de una misma novela, liberados de cinturones de castidad, de corsés doctrinarios, y atrapando al vuelo las verdades que nos andaban rondando, y a las cuales les teníamos miedo; por una parte, porque nos regañaban los camaradas, y por otra parte, porque los Gallegos, los Rivera, los Icaza, las habían manoseado mal y las habían malgastado y prostituido. Esas verdades, a las cuales vamos a entrar ahora de frente, y tú también, son el sentimentalismo, la truculencia, el melodramatismo, las supersticiones, la mojigatería, la retórica delirante, pero también la buena poesía y el sentido del humor que constituyen nuestra vida de todos los días.

Un gran abrazo,
Gabo

Esta y otras desconocidas cartas que Gabriel García Márquez envió
 a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza están incluidas en el libro ‘Gabo. 
Cartas y recuerdos’, que Ediciones B publica la próxima semana.









Fuente: El país

Comentarios

Entradas populares